Reseña de “Grabado con diamantes. Las múltiples vidas de Thomas Wyatt: Cortesano. Poeta. Asesino. Espía”, de Nicola Shulman.
(Traducción del artículo de Charles Nicholl. The Guardian, 23 de Abril de 2011).
Thomas Wyatt fue el mejor poeta de la Corte de Henry VIII, aunque no siempre ha gozado de respeto por ello. Los primeros años del siglo XVI están considerados como uno de los puntos más bajos de la Literatura Inglesa, un período intermedio de mediocridad entre las cumbres de Chaucer y Shakespeare. CS Lewis lo apodaba la “Época Gris” y escribió sobre Wyatt: “Cuando es malo resulta plano, incluso nulo; y cuando es bueno, difícilmente puede situarse entre los poetas más cautivadores“. Hoy en día su reputación es mayor: hemos descubierto las sutilezas de su tono y el significado oculto detrás de su estilo aparentemente brusco. El incisivo estudio de Nicola Shulman nos lleva más allá, hurgando con entusiasmo en los antecedentes políticos de los poemas y encontrando en ellos “mensajes secretos” que no podían ser expresados abiertamente.
Ante todo, Wyatt fue un poeta cortesano que escribía para un entorno privado. No publicó en vida ninguno de sus poemas, que sobreviven en colecciones manuscritas. Una de ellas (el Manuscrito Egerton 2711 de la Biblioteca Británica) contiene más de 100 poemas, la mayor parte escritos de su puño y letra, con abundantes correcciones en cada página. Son de gran valor para la Historia de la Literatura en calidad de pioneros en el uso de algunas formas poéticas continentales, especialmente el soneto petrarquista. Pero para Shulman resultan de interés por el velado e íntimo relato de la vida en la claustrofóbica Corte de Henry VIII, con sus jóvenes impetuosos y sus mujeres “encadenadas con grilletes de oro”, sus luchas por el poder y el prestigio, y esos súbitos y a menudo fatídicos reveses de fortuna que se insinúan en las primeras líneas del poema más conocido de Wyatt: “They flee from me that sometime did me seek / With naked foot, stalking in my chamber.” (“Huyen de mí los que una vez me buscaron / Con pies descalzos, rondando mi cuarto”).
Carismático, encantador e inteligente, Wyatt siempre estuvo destinado a la Corte. Nació en 1503, en la residencia familiar del Castillo de Allington en Kent, aunque la familia era originaria de Yorkshire, lo que puede adivinarse en la franqueza de sus versos, y su indiferencia por “(…) la delicadeza del habla / Y el selecto placer del discurso”. Su padre, Sir Henry, ostentó un cargo político durante el reinado de Henry VII, en recompensa por su apoyo inquebrantable durante los años previos a la época Tudor (el emblema familiar muestra con orgullo unas tenazas, instrumento de tortura que presuntamente sufrió en sus carnes sir Henry durante los oscuros días de la monarquía York).
A los 13 años, el joven Wyatt pudo haber formado parte del séquito real en el bautizo de la Princesa Mary. Una macabra ironía, ya que la Infanta sería posteriormente conocida como “la Sangrienta” Mary, y entre las víctimas de su reinado estaría el propio hijo de Wyatt, decapitado por su lealtad hacia Lady Jane Grey. A los 17 años, Wyatt se casó con Elizabeth Brooke, hija de Lord Cobham. Una clásica unión dinástica con otro poderoso clan de Kent; aunque no tuvo éxito y la pareja se separó pronto. Wyatt vivió abiertamente con su amante, Bess Darrell, con quien tuvo un hijo ilegítimo. Su relación más conocida, con Anne Boleyn, es más polémica (una maraña de demandas y contrademandas) y uno de los asuntos clave del libro de Shulman. A mediados de 1520 Wyatt era uno de los escuderos del Rey (en parte sirviente, en parte compañero de juegos, en parte guardaespaldas) y un entusiasta participante en los juegos y torneos de caballería tan de moda en la época Tudor, así como de la interminable ronda de juegos amorosos que se ocultaban tras la apariencia del “amor cortés”.
Tal y como muestra Shulman, ese fue el terreno de cultivo para la lírica de Wyatt: poemas manuscritos que “cobraban vida en un simple pliego de papel escondido adecuadamente en el jubón de Wyatt, de modo que podía dárselos con disimulo a un amigo en una sala repleta de gente, o dejarlos en algún lugar para que los encontrase una joven. Podrían haber hecho su debut público en el programa de pasatiempos del círculo interno de la Corte. Pero también podrían haber sido prestados, divulgados y copiados, citados en parte o por completo, un verso o dos susurrados en el oído de alguien durante un baile o un juego”. En el centro de este núcleo de romance y chismorreos se encontraba la figura peligrosamente atrayente de Anne Boleyn. Hermosa, perspicaz y elocuente, tenía 17 años cuando llegó a la Corte en 1521, después de dos años empapándose de los modales de la época y la afectación de la Corte francesa. Anne llamó la atención de Henry inmediatamente, aunque tardarían 12 años en casarse en secreto (los inconvenientes de un divorcio real y sus repercusiones históricas en Europa explican ese retraso).
El alcance de la intimidad de Wyatt con Anne sigue siendo un misterio. Según fuentes de la época, cuando Wyatt supo de la intención del Rey de casarse con ella, le confesó que había sido su amante. Cuando la estrella de Anne se apagó en 1536, fue encarcelado en la Torre, aunque nunca lo acusaron formalmente (como le sucedió a otros) de mantener relaciones sexuales con ella. En un poderoso poema descubierto por Kenneth Muir en 1959, Wyatt comparte sus sentimientos mientras está en prisión – “These Bloody days have broken my heart” (Estos días sangrientos me han roto el corazón) – y el probable testimonio de la ejecución de Anne desde una ventana de la Torre de la Campana, en donde estaba retenido:
“La torre de la campana me mostró una visión
Que se clava en mi mente día y noche.
Allí descubrí, a través de una reja,
Que a pesar de todo el favor, el poder o la gloria
Aún resuena el trueno en el reino”.
Wyatt escribió un poema anterior sobre Anne, un soneto en el que desarrolla una metáfora de caza: “Quien quiera cazar, sé dónde hay una cierva / Excepto para mí, ¡ay! Pues ya no cazaré más”. No resulta difícil relacionar al cazador con el amante de Anne que advierte a otros del peligro, y los últimos versos tienden a confirmarlo:
Y grabado con diamantes en letras claras
Lleva escrito, alrededor de su hermoso cuello,
“Noli me tangere (No me toques), pues del César soy,
Y difícil de capturar, aunque parezca mansa”.
También es interesante un acertijo acerca de un palíndromo que aparece en el Manuscrito Egerton: “¿Qué palabra nunca cambia / aunque se le dé la vuelta de delante hacia atrás? La respuesta es la causa de mi dolor”. El título del poema fue añadido por otra mano: “Anna”. Estas pistas en forma de poemas no son suficientes para resolver la eterna pregunta, pero para Shulman sugieren que su relación fue mucho más profunda y peligrosa para Wyatt que el habitual intercambio cortesano de zalamerías.
Wyatt fue también un avezado diplomático. Durante su primera misión en Francia (1526), fue alabado como un hombre de “gran capacidad para anotarlo y recordarlo todo”. Al año siguiente estuvo en Italia, donde fue capturado por tropas imperiales cerca de Ferrara. Sus siguientes misiones fueron tareas ingratas, ya que se vio obligado a negociar un acercamiento imposible con el Papa y con el Emperador Carlos V (que resultaba ser, de forma poco conveniente, el sobrino de Catalina de Aragón). Esta parte de su trabajo justifica la palabra “espía”que aparece en el título de la obra de Shulman, aunque probablemente el calificativo de “asesino” sea exagerado.
La eliminación de Reginald Pole, un problemático exiliado católico, fue una idea gestada por Thomas Wyatt (entre otros). De esa época han sobrevivido varias cartas en clave, y alguna referencia descontextualizada acerca de la eficacia y rapidez del “veneno español”, pero se trataba más de un movimiento táctico que de un auténtico complot y no llegó a fructificar. Irónicamente, durante un segundo encarcelamiento en 1540, Wyatt fue acusado conspirar con Pole para traicionar al Rey.
Wyatt fue un superviviente, o al menos escapó varias veces del verdugo. Murió de unas fiebres a la edad de 39 años, volviendo de un encuentro diplomático rutinario en Falmouth. En una carta a su hijo escrita en 1537, repasaba una vida llena de vicisitudes: “mil peligros y obstáculos, enemistades, odios, encarcelamientos, pesares e indignaciones”. En esa misma época fue pintado por Holbein; se trata de un retrato al estilo Tudor, de un hombre corpulento y con entradas, y no poca amargura en la mirada. Shulman no es la primera en encontrar mensajes ocultos en sus poemas (la autora reconoce la influencia de la especialista en Wyatt Susan Brigdon). Esta investigación vívida y sensible nos muestra la gran resistencia del poeta, que escribió en un entorno de constantes peligros, y que representa a la perfección las “amargas alegrías” de la vida cortesana.

