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Archive for the ‘cartas’ Category

Fuente: “The poetical works of Sir Thomas Wyatt”. Texts edited by Charles Cowden Clarke. 1868.

Antecedentes: Thomas Cromwell ha sido ejecutado. Sus seguidores son arrestados y recluidos en la Torre de Londres. Los miembros del Consejo Privado de Henry VIII recrudecen sus ataques contra Wyatt, acusándole formalmente de traición durante su estancia como embajador en la corte de Carlos V.

Ruego vuestras señorías consideren: he tenido conocimiento a través del Condestable de la Torre, que es deseo del Rey y mandato vuestro, que redacte los sucesos que acontecieron mientras me hallaba en la corte del Emperador Carlos V en Niza y Villa Franca, fuesen conversaciones, escritos, comunicados o reuniones, explicando con quién o de parte de quién tuvieron lugar. Por ello he sabido de mi ofensa, o más bien, que podría estar bajo la sospecha de ofensa.

En primer lugar, tomo por testigo a Dios, a quien confío mi salvación, y cuyo sacrificio traicionaría si mintiese de forma premeditada. De ese modo, humildemente os suplico en Su nombre que no veáis maliciosa ventaja en las sombras de mi memoria. Siempre he proclamado que en modo alguno podría yo, vuestras señorías o cualquier otro, deformar un asunto relacionado con mis recuerdos: declararé la verdad sincera e imparcialmente, en prisión o fuera de ella.

Por mi parte, afirmo ante cualquier tribunal por el que un cristiano pueda ser juzgado, que en mi vida he cometido un crimen contra Su Majestad el Rey, mi señor, a quien jamás he ofendido ni con hechos, escritos o pensamientos. Nunca cometí traición u ofensa (como acabo de deciros), ni hice en mi vida cosa alguna por la cual mi conciencia pudiese censurar a mi pensamiento, como entrevistarme con un traidor o con un enemigo del Rey. No recuerdo haber hablado nunca con nadie a sabiendas de que fuese un traidor o enemigo, excepto con Brancetor, durante su detención en París, y con Trogmorton en St. Daves, a donde me hizo llegar un obsequio del Cardenal Pole, sucesos estos que no dudo estarán bien asentados en la memoria de vuestras señorías.

He olvidado el nombre de un tipo rubio que conocí allí, un artillero que había huido de Irlanda con un renegado llamado James; no recuerdo su apellido y dudo también que ese fuese su nombre. Apenas hablaba inglés y siempre estaba borracho, razón por la que un día tuve que echarle de mi casa. El artillero me buscó para advertirme de que James volvería, pero me pareció un asunto insignificante y lo desestimé.

Había también un loco, un mendigo irlandés mutilado en las guerras al servicio del Emperador, que había tomado el nombre de Rosaroffa debido a la rosa roja que llevaba tatuada en el pecho. Estas cosas carecen de importancia, más si se requiriese que explicase algo más, estoy preparado para hacerlo aunque no tenga mayor efecto.

Del Conde de Essex (siendo entonces el Consejero Jefe del Rey y declarado traidor más tarde) recibí una carta dentro de la que le enviaba otra misiva a Brancetor. Por aquel entonces, se desconocía que Brancetor fuese un traidor. Recibí una o dos cartas de Leze, mientras éste se encontraba en Italia. Le contesté brevemente, pidiéndole que viniera a verme a España y regresase conmigo a Inglaterra. Por aquel entonces, Leze no era sospechoso de ofensa alguna, que yo supiese.

De Brancetor recibí dos o tres cartas (mientras él estaba en Castilla y yo en Barcelona) referentes a mis asuntos bancarios. Eso fue un año antes de saberse que era un traidor. No recuerdo otras cartas o escritos que llegasen a mis manos, aparte de las que acabo de mencionar y una del capellán de Lord Lyster que abrí y posteriormente envié al Rey.

Parece ser que se me imputan los cargos de deslealtad por estar en contacto con traidores declarados o sospechosos de traición, enviándoles mensajes, recomendaciones, advertencias, obsequios y escritos de cualquier naturaleza. De ser así lo hice tan en secreto que no puede probarse nada. Pero, que Dios me juzgue, estoy limpio de pensamiento. Tanto en lo que recibí como en lo que envié.

Dios sabe qué tormentos me han acontecido desde entonces para que tenga que examinarme a mí mismo, repasando todos mis asuntos para recordarlos, mientras un enemigo malicioso se aprovecha mediante malas interpretaciones.

(Continúa).

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